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title: "Por qué algunos recuerdan los sueños y otros no: la ciencia encontró tres claves"
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description: "Un nuevo estudio explica que no es sólo una cuestión de “buena” o “mala” memoria, sino que influyen el interés personal, la mente que divaga y el descanso."
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date_published: "2026-02-21T18:39:00-03:00"
date_modified: "2026-02-21T18:43:47-03:00"
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# Por qué algunos recuerdan los sueños y otros no: la ciencia encontró tres claves

![Soñando.](/download/multimedia.normal.9361d7de4557c0c3.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

*Soñando.*

El despertador suena y algo queda flotando. Una escena, un clima, una frase que no alcanza a volverse frase. La persona abre los ojos y siente que “pasó algo”, pero cuando intenta agarrarlo se le escurre como agua entre los dedos. No es un capricho: un estudio publicado en **Communications Psychology**, al que la [Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes](https://agencia.unq.edu.ar/) tuvo acceso, se propuso cazar ese instante en el que el sueño todavía está ahí… y se evapora.

¿Cómo se hizo el estudio? El diseño fue simple y quirúrgico: seguir a una cohorte grande en condiciones reales, en casa, durante **15 días**. Arrancaron con **217 adultos sanos** (de 18 a 70 años) y el análisis final quedó en **204** por cuestiones de cumplimiento del protocolo y cantidad mínima de registros.

Cada participante se llevó dos cosas: un **actígrafo** (un reloj/sensor que registra movimiento para estimar patrones de sueño-vigilia) y un grabador de voz. La consigna, todas las mañanas, era grabar **apenas al despertar** “todo lo que estaba pasando por la cabeza justo antes de despertarse”: recuerdos, imágenes, pensamientos, lo que hubiera.

Para evitar relatos “editados” por el día, el equipo de científicos del **IMT School for Advanced Studies Lucca, de Italia,**pidió enfocarse solo en **la última experiencia antes de abrir los ojos**, y descartó los reportes hechos más tarde, cuando el recuerdo podía haberse contaminado con estímulos externos. Además, en horarios pseudoaleatorios, llegaba un SMS con una sola palabra: “record” (“registra”). La idea era que la persona también grabara qué estaba pensando en ese momento, para capturar el “modo mente suelta” durante el día; esos reportes diurnos no se analizaron en este trabajo, pero fueron parte del protocolo.

Hubo un plus tecnológico: un subgrupo usó **EEG portátil** (un electroencefalograma “wearable” para dormir en casa). Lo intentaron 50 voluntarios, pero por incomodidad algunos interrumpieron el uso y los análisis finales de EEG se hicieron con **42 participantes**. Ese dispositivo (DREEM) registra actividad cerebral con electrodos secos y, con un software de scoring automático revisado por un investigador, permite estimar cuánta noche se fue en **N1, N2, N3 y REM**.

El tercer bloque fue cognitivo y psicológico: al cierre de las dos semanas, cada persona hizo pruebas para medir memoria verbal y visual, y también **vulnerabilidad a la interferencia** (con el Stroop), además de cuestionarios sobre rasgos como la actitud hacia los sueños y la propensión al **mind wandering**. Con los audios en mano, el equipo clasificó cada mañana en tres categorías: sueño con contenido, **“sueño blanco”** (la persona percibe que soñó pero no puede recuperar ningún detalle) y “no soñó”.

Los resultados pinchan un mito: el “blanco” no significa “no hubo sueño”; muchas veces significa “hubo, pero falló el acceso”. En promedio, el 58 por ciento de las mañanas hubo sueño con contenido, el 14 por ciento fueron **sueños blancos** y el 28 por ciento “nada”. La lectura más incómoda es la comparación contra la memoria retrospectiva: cuando la gente cuenta “en general” cuánto sueña, suele subestimarlo frente a lo que aparece en el registro inmediato.

## Tres llaves para recordar

El estudio buscó qué variables empujan la probabilidad de “soñé” al despertar y qué variables, más fino todavía, empujan a recuperar **contenido** en vez de quedarse en blanco. Lo primero (reportar que hubo sueño) se asoció a tres piezas: **actitud hacia los sueños**, **mind wandering** (distraerse sin estímulos externos) y ciertos patrones del dormir medidos por actigrafía.

La actitud funciona como permiso: quien le da valor a soñar tiende más a reportar la experiencia, aunque eso no garantice traer detalles. El **mind wandering** es la mente que se va sola: mientras el cuerpo hace una cosa, la cabeza arma otra película, interna, sin estímulo externo. Y esa propensión apareció como predictor sólido del recuerdo, como si soñar y divagar compartieran engranajes. La tercera llave está en la arquitectura de la noche: con **noches más largas** y una menor proporción del sueño profundo **N3** aumentó la probabilidad de recordar sueños.

En el subgrupo con **EEG portátil** se pudo traducir ese patrón a fases: el trabajo explora cómo los porcentajes de N3 y REM se relacionan con las métricas de sueño y, por esa vía, con el recuerdo. Y acá entra el remate más humano del paper: no todo es “memoria mala”. El contenido del sueño puede existir y, aun así, borrarse por **interferencia**: el clásico minuto posterior al despertar donde cualquier chispa (un pensamiento, un sonido, el apuro, la agenda) pisa el rastro. De hecho, la vulnerabilidad a la interferencia fue una pieza clave para explicar por qué algunas personas quedan en **sueño blanco**, incluso cuando no hay señales de que tengan peor memoria verbal o visual.

Con todo, el mensaje queda filoso: los sueños no se olvidan “porque sí”. Se recuerdan o se pierden según una mezcla de **interés**, **mente errante** y **cómo estuvo armada la noche**, pero también —y, sobre todo— según ese instante frágil en el que el cerebro decide si archiva la película… o la tira antes de que empiece el día.

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