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title: "La ciencia cronometró el olfato: 80 milisegundos para identificar y 720 para sentir"
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description: "Por primera vez, un estudio muestra cómo el cerebro distingue la información objetiva del olor de la experiencia subjetiva al oler, en dos etapas precisas."
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date_published: "2026-02-28T00:00:00-03:00"
date_modified: "2026-02-27T22:12:11-03:00"
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# La ciencia cronometró el olfato: 80 milisegundos para identificar y 720 para sentir

![Nariz humana.](/download/multimedia.normal.bf16d6ba1e9c3016.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

*Nariz humana.*

Alguien olió café y la cabeza le proyectó una escena completa: mesa chica, taza de loza, una tarde que volvió sin invitación. Alguien olió humo y se le aceleró el pulso, aunque el aire no mostrara fuego. El olor se metió directo en los archivos, abrió un cajón que nadie pidió y sacó un recuerdo a la fuerza. Entró, golpeó la memoria y se fue sin dar explicaciones.

Durante décadas, la ciencia lo miró con desconfianza: el olfato no se dejó ordenar fácil ni se dejó dibujar como un mapa prolijo. **La [Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes](https://agencia.unq.edu.ar/) tuvo acceso al estudio publicado en The Journal of Neuroscience, realizado por científicos de la Universidad de Tokio.** Y el misterio se achicó de golpe: el cerebro no mezcló todo en una licuadora sensorial; **separó tareas**.

Los investigadores le pusieron cronómetro a ese salto invisible y lo convirtieron en dos movimientos claros, casi escolares: **primero identificación**, **después interpretación**. No mezclaron. Separaron. El equipo trabajó con voluntarios que inhalaron una serie diversa de olores mientras la actividad cerebral quedó registrada con **electroencefalografía (EEG)**, una técnica que capturó cambios eléctricos con precisión de milisegundos. Además, los participantes completaron pruebas para medir capacidades concretas —como **discriminación** e **identificación**— y cuestionarios sobre el peso emocional que los olores tuvieron en su vida cotidiana.

A los **80 milisegundos**, el cerebro activó una señal rápida asociada a la **banda theta**. Esa primera marca no se ocupó de si el olor gustó o disgustó, sino que se ocupó de lo básico, de lo frío, de lo **objetivo**. En ese tramo, el cerebro leyó propiedades del olor como si hubiera pasado un lector por la etiqueta de la molécula. Ahí apareció el detalle con filo: la calidad de esa señal temprana **predijo** quién discriminó mejor entre olores parecidos. Quienes mostraron una codificación theta más precisa **acertaron más** en las pruebas. Y cuando la tarea exigió distinguir fino, la señal temprana se volvió **más nítida** en los ensayos correctos que en los incorrectos. El olfato, en esa primera estación, no se pareció a un “sentir”; se pareció a un **medir**.

Recién alrededor de los **720 milisegundos**, el cerebro entró en otro ritmo: dominó la **banda delta**, más lenta. Esa etapa no describió la molécula, sino que escribió el veredicto. Ahí el cerebro decidió si el olor resultó agradable, neutro o insoportable. Esa señal tardía no se asoció al rendimiento fino para discriminar olores; en cambio, se relacionó con la **sensibilidad afectiva**. Es decir, quienes les dieron más importancia emocional a los olores en su vida diaria mostraron representaciones más definidas de la agradabilidad en esa fase delta. La theta dijo “qué fue”; la delta dijo “qué le hizo”.

## ¿Para qué sirve?

El estudio le saca misterio a una idea repetida: el olfato no llega como un caos. Llega como una **secuencia**. Primero, el cerebro identifica, después evalúa. Ese orden explica por qué dos personas pueden oler lo mismo y vivirlo distinto sin que todo se mezcle en el mismo instante.

El resultado también deja una pista clínica tentadora: si alguien falla al distinguir olores, la falla no necesariamente se explica por “no sentir” o “no gustar”, sino por una etapa anterior, esa lectura temprana que definió la precisión olfativa. La separación en dos tiempos permitió imaginar pruebas más finas: no solo preguntar “¿lo olió?”, sino observar **en qué momento** se torció el procesamiento.

Con todo, el hallazgo le devuelve dignidad a esas escenas mínimas que parecen capricho: el olor pega primero, en seco, y la emoción llega después, como un sello oficial. Antes del “me gusta” o el “me espanta”, el cerebro ya lee la molécula, ordena el dato y recién entonces deja entrar a la memoria para que haga su trabajo sucio: convertir química en historia.

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