
Irán derriba los THAAD de EE.UU. y consolida su mando militar
TELEDIARIO.ar
Cinco días después de que Estados Unidos e Israel iniciaran una campaña de bombardeos coordinados contra Irán —el 28 de febrero, bajo el pretexto de un supuesto reinicio del programa nuclear iraní— la República Islámica respondió con una demostración de fuerza que reconfiguró el equilibrio militar en Asia Occidental. Sus misiles destruyeron, entre los objetivos estratégicos, los dos únicos sistemas de defensa antimisiles THAAD que Washington tenía desplegados en la región.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) confirmó que misiles de precisión aéreos y espaciales alcanzaron e inutilizaron el primero de esos escudos. Horas antes, la estación de radar THAAD estacionada en la base de Al-Ruways, en los Emiratos Árabes Unidos, había corrido la misma suerte.
Con ambos sistemas fuera de servicio, el brazo de misiles de Teherán registró un éxito operativo contra la infraestructura defensiva norteamericana en la zona. La magnitud del golpe no es solo estratégica. Cada interceptor THAAD tiene un costo de entre 12 y 15 millones de dólares, y la producción anual ronda las 96 unidades con un gasto de entre 1.200 y 1.400 millones de dólares. Reponerlos, en términos materiales y de tiempo, no es una operación inmediata.
Pero Washington e Israel no apostaron únicamente por sus escudos antimisiles. El otro pilar de su estrategia fue la decapitación del mando iraní, un golpe que, sobre el papel, debía paralizar la respuesta de Teherán desde adentro. Los ataques del 28 de febrero causaron la muerte del líder supremo Alí Jameneí y varios miembros de su familia, junto al secretario del Consejo de Defensa, el comandante del CGRI, el jefe del Estado Mayor General y el ministro de Defensa. Una decapitación institucional que, en cualquier otra fuerza armada, habría derivado en parálisis.
Una arquitectura pensada para sobrevivir
Irán, sin embargo, ya había previsto ese escenario. El general de brigada Reza Talaei-Nik, portavoz del Ministerio de Defensa, fue claro al respecto: «Se han nombrado sucesores para cada comandante en al menos tres niveles, y no nos enfrentaremos a un vacío tras el martirio de los comandantes». Este es el resultado de un sistema de planificación de la sucesión diseñado y puesto en marcha por el propio Jameneí con anterioridad.
El sistema establece que, para cada comandante de las fuerzas armadas iraníes, se identifican y preparan de antemano hasta tres niveles de sustitutos. Estos relevos han recibido formación práctica, acumulado experiencia de campo y, en el momento de los ataques, ya se encontraban desplegados sobre el terreno. La guerra de los 12 días —como se denomina al anterior conflicto de 2025— confirmó la eficacia de esa arquitectura. Ahora, aunque Jameneí dejó de estar físicamente presente desde el primer momento, el funcionamiento de cada unidad, rama y servicio de las fuerzas armadas continúa sin interrupción.
La lógica es que ningún cargo es indispensable. Cada función dentro de las fuerzas armadas de la República Islámica está concebida para que la baja de un comandante desencadene una transición inmediata, no un vacío. Es, en términos doctrinales, una apuesta por la resiliencia institucional frente a la estrategia de decapitación militar que Washington e Israel intentaron ejecutar.
Teherán traza sus líneas
La ofensiva iraní tiene objetivos precisos. El cuartel general del mando militar declaró que sus operaciones están dirigidas exclusivamente contra Israel y los objetivos militares estadounidenses en la región —bases de despliegue, infraestructura de seguridad, intereses estratégicos— y descartó cualquier hostilidad hacia los países vecinos y musulmanes. La declaración es una delimitación estratégica, además una advertencia sobre maniobras de falsa bandera. Según Teherán, ante el avance iraní, Washington y Tel Aviv habrían atacado centros diplomáticos e intereses de países musulmanes con el propósito de atribuirle esos golpes a Irán.
El mando iraní describió la situación de sus adversarios sin ambages. Israel está al borde del colapso y Estados Unidos no tiene más remedio que admitir su derrota en la guerra que impuso. Esa lectura, que podría leerse como propaganda, encuentra sustento en los hechos militares del primer bloque: dos sistemas THAAD destruidos, cadena de mando intacta, respuesta en curso.
El conflicto ya no cabe en un mapa bilateral. El mando de Hezbolá confirmó su participación plena en las operaciones contra Israel y aguarda la incorporación de los hutíes y otros grupos aliados. El eje de resistencia activa múltiples frentes de forma simultánea, y el escenario apunta a una guerra de geometría variable cuyo alcance aún no tiene contorno definitivo.
Las últimas informaciones señalan que Irán habría extendido su alcance a Qatar y Baréin en la última jornada de la Operación Promesa Verdadera IV. El radio de la ofensiva iraní rebasó cualquier precedente reciente en la región. Lo que comenzó el 28 de febrero como un ataque diseñado para liquidar el mando de la República Islámica es, por ahora, el detonante de una escalada que avanza en dirección contraria a la que Washington e Israel calcularon.


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