
El día que San Martín decidió no desembarcar: la historia detrás de su negativa a intervenir en la política rioplatense
TELEDIARIO.ar
Luego de culminar su campaña libertadora en 1822 tras la histórica Entrevista de Guayaquil con Simón Bolívar, José de San Martín adoptó una firme decisión: marginarse por completo de las disputas internas que desangraban al Río de la Plata. Con la premisa de resguardar su gesta y no involucrarse en una confrontación civil entre unitarios y federales que consideraba destructiva y carente de virtud, el prócer optó por radicarse en Europa en 1824 junto a su hija Mercedes. Esta postura de neutralidad le valió el distanciamiento de varios dirigentes de la época e incluso severas acusaciones de monarquismo, entre las cuales destacó su tenso enfrentamiento con Bernardino Rivadavia.
Hacia fines de la década de 1820, presionado por una delicada coyuntura económica y motivado por el conflicto bélico contra el Imperio del Brasil, el prócer intentó retornar a su tierra natal bajo una identidad reservada para poner su espada a disposición de la patria. Sin embargo, al arribar a las costas rioplatenses en 1829, se encontró con un escenario caótico marcado por el reciente derrocamiento y fusilamiento del gobernador Manuel Dorrego. Ante el inminente recrudecimiento del enfrentamiento armado entre hermanos, el Libertador resolvió no desembarcar en Buenos Aires para evitar ser arrastrado a la contienda, haciendo una escala con honores en Montevideo antes de emprender su regreso definitivo hacia el continente europeo.
A través de su correspondencia personal de aquellos días, principalmente con su confidente Tomás Guido, San Martín fundamentó su negativa a tomar partido afirmando que jamás se prestaría a ser el «instrumento de tamaños horrores». Tal como analiza el historiador y divulgador Gopal Ezequiel Martínez, el militar comprendía la urgencia de alcanzar el orden y la estabilidad política, pero rechazaba de plano asumir la responsabilidad de liderar un conflicto fratricida. Aunque sectores de la prensa local tildaron su prescindencia de cobardía, su determinación respondía a la necesidad de preservar intacto su legado para las generaciones venideras frente a una lucha que consideraba estéril.
En sus últimos años radicado en Francia, el Padre de la Patria se dedicó meticulosamente a la organización de su archivo personal mientras seguía a la distancia los sucesos de su país natal. Desde el exilio, San Martín afianzó una visión política donde primaba la necesidad de consolidar el orden institucional, lo que derivó en su pública simpatía hacia la gestión de Juan Manuel de Rosas por haber pacificado el territorio y resistido con firmeza los bloqueos marítimos impuestos por Francia y Gran Bretaña. Como muestra suprema de reconocimiento a la defensa de la soberanía nacional, el general dispuso en su testamento legar a Rosas su emblemático sable corvo, sellando así el testimonio final de su pensamiento político.


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