
Lic. Marcela Alicia Alvarez: “No alcanza con mirar qué comemos; el horario en el que cenamos define cómo responde el cuerpo”
TELEDIARIO.ar
Durante años, la consulta nutricional tradicional se concentró casi exclusivamente en el cálculo calórico, el equilibrio de macronutrientes y la calidad de los alimentos. Sin embargo, la evidencia científica reciente viene sumando una dimensión insoslayable: el tiempo. La crononutrición —el estudio del vínculo entre los ritmos biológicos y la asimilación de nutrientes— demuestra que los órganos tienen horarios de máxima y mínima eficiencia.
Para comprender el alcance de este enfoque y su aplicación práctica, dialogamos con la Lic. en Nutrición Marcela Alicia Álvarez, quien detalla por qué sincronizar la cena con el reloj interno representa un cambio sustancial para la salud metabólica y el descanso.
—Licenciada, solemos preocuparnos por qué poner en el plato, pero usted insiste en mirar el reloj. ¿Por qué es tan determinante el horario de la cena?
—Lic. Marcela Alicia Alvarez: Porque nuestro organismo funciona regido por ritmos circadianos de aproximadamente 24 horas. Los órganos digestivos, el páncreas y el hígado están programados evolutivamente para procesar alimentos durante las horas de luz y actividad. A medida que cae el sol y se aproxima la noche, el cuerpo comienza a segregar melatonina para preparar el reposo celular. Cuando ingerimos comida pesada o cenamos tarde, obligamos al sistema digestivo a trabajar en un momento en que la sensibilidad a la insulina disminuye de forma fisiológica natural. El resultado es claro: mayor dificultad para metabolizar la glucosa y sobrecarga metabólica.
—¿Qué consecuencias concretas tiene a mediano y largo plazo acostarse inmediatamente después de comer?
—M.A.: En lo inmediato, afecta directamente la arquitectura del sueño. Quien cena tarde suele padecer microdespertares, digestiones lentas, reflujo y una disminución de las fases de sueño profundo y reparador; al día siguiente se levanta fatigado. A mediano y largo plazo, los estudios demuestran que cenar de forma habitual muy tarde favorece la elevación persistente de la glucemia posprandial, la acumulación de grasa visceral y un aumento del riesgo cardiovascular y de resistencia a la insulina.
—En la rutina argentina es común cenar pasadas las 21:30 o las 22:00. ¿Cómo se puede aplicar este cambio de hábito en la vida cotidiana?
—M.A.: La clave está en no buscar soluciones drásticas de un día para el otro, porque la cultura pesa y los cambios deben ser sostenibles. Siempre aconsejo adelantar la cena de forma progresiva: comenzar con 30 o 40 minutos antes del horario habitual. La meta ideal es dejar una ventana de al menos dos a tres horas entre el final de la cena y el momento de acostarse. Si cenamos a las 20:30 o 21:00 y nos dormimos a las 23:30, el cuerpo llega al descanso con el proceso digestivo avanzado y puede dedicarse plenamente a reparar tejidos.
—¿Qué características debería tener esa última comida del día?
—M.A.: Debe ser una comida digestiva, ligera pero completa. Recomiendo priorizar vegetales (preferentemente cocidos para facilitar la digestión), acompañados de una porción moderada de proteínas magras —como pescado, huevo, carnes blancas o legumbres bien toleradas— y grasas nobles en pequeña cantidad, como un hilo de aceite de oliva o semillas. Es preferible reservar los carbohidratos más densos para el almuerzo y evitar fritos, ultraprocesados, azúcares simples y bebidas estimulantes como café o mate en las horas previas a dormir.
—¿Cuál es el mensaje central que le deja a quienes buscan mejorar su salud desde la alimentación?
—M.A.: Que la nutrición no se reduce a contar calorías. Comer es un acto biológico que dialoga con nuestras hormonas y con nuestros relojes internos. Ajustar la hora de la cena es una intervención sencilla, gratuita y al alcance de todos que impacta positivamente en el corazón, en la regulación de la glucosa y en la calidad de vida diaria.


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